Monday, February 06, 2006

La yugoslava, de Esteban López Brusa

La yugoslava, segunda novela de Estaban López Brusa, cuenta la historia de un escritor que le pide un favor a su mujer, de viaje intelectual por Europa: que averigue, de “paso” por Sarajevo, qué es de la vida de Konstantin Zecevic, el referí que dirigió Estudiantes de La Plata – Manchester en el estadio Old Trafford, en la final Intercontinental de 1968. El escritor aún tiembla de indignación por la tarea de Zecevic, quien estuvo a punto de empañar la proeza de Estudiantes con una extraña actitud de negligencia. Como si aquella amenaza, sepultada para siempre por la consagración, regresara muchos años después como un fantasma, y el narrador -ahora que es un escritor, y no sólo un fanático- pudiera verla como un peligro real que asoma como fantasía retrospectiva, el tiempo pasado de la gesta se vuelve un presente analítico de temor: ¿y si ahora estuviéramos lamentando aquella negligencia en vez de recordarla?, ¿y si aquella final se hubiera perdido y, con ella, la felicidad que produjo la hazaña?.
Pero Zecevic no aparece y, a cambio de aquel testimonio imposible que el personaje escritor de La yugoslava requiere, su amante viajera hace tomar su imagen con el fondo del Hotel Lymm de Manchester, donde transcurrió la víspera de la victoria alcanzada por el ejército épico de Osvaldo Zubeldía. No hay rastros del referí bombero, pero hay una cita de ese pasado de gloria, una cosa en lugar de otra -la vida y la literatura se sostienen en esos trueques- y la metáfora se hace presente donde estuvo el hecho que evoca. Un amor -de una mujer- recuerda ahora a otro amor “igual” -por un equipo de fútbol- y ambos se enlazan en una misma estirpe de la felicidad.
La idea de un partido de fútbol como una vieja historia de amor, un objeto de culto y la causa de una curiosidad que nunca se satisface, como una fuente de virtud de la que brota -en un instante de recuerdo- la totalidad de infancia, es una idea que le hace justicia a las emociones privadas del fútbol, pero mucho más a una literatura que por prejuicio o pudor argentinos nunca escribió nadie: La yugoslava es una novela nueva.
Del 22 de octubre de 1968, día del regreso a Ezeiza de los héroes casi olímpicos, el narrador dice, en el presente de la evocación: “¿Cómo me acuerdo de aquella jornada? No sé si con la memoria. La recuerdo con lo que he venido viviendo desde entonces (...)”. La novela de López Brusa ya está hecha, la escritura ha ido encontrado su espacio imaginario y sus formas, las formas que el narrador no encontró mientras pensó en ellas pero que igual quedan dichas como si, en realidad, no pertenecieran a la literatura sino a algo mejor: a una atmósfera de felicidad indestructible que está en el aire.

La yugoslava, segunda novela de Estaban López Brusa, cuenta la historia de un escritor que le pide un favor a su mujer, de viaje intelectual por Europa: que averigue, de “paso” por Sarajevo, qué es de la vida de Konstantin Zecevic, el referí que dirigió Estudiantes de La Plata – Manchester en el estadio Old Trafford, en la final Intercontinental de 1968. El escritor aún tiembla de indignación por la tarea de Zecevic, quien estuvo a punto de empañar la proeza de Estudiantes con una extraña actitud de negligencia. Como si aquella amenaza, sepultada para siempre por la consagración, regresara muchos años después como un fantasma, y el narrador -ahora que es un escritor, y no sólo un fanático- pudiera verla como un peligro real que asoma como fantasía retrospectiva, el tiempo pasado de la gesta se vuelve un presente analítico de temor: ¿y si ahora estuviéramos lamentando aquella negligencia en vez de recordarla?, ¿y si aquella final se hubiera perdido y, con ella, la felicidad que produjo la hazaña?.
Pero Zecevic no aparece y, a cambio de aquel testimonio imposible que el personaje escritor de La yugoslava requiere, su amante viajera hace tomar su imagen con el fondo del Hotel Lymm de Manchester, donde transcurrió la víspera de la victoria alcanzada por el ejército épico de Osvaldo Zubeldía. No hay rastros del referí bombero, pero hay una cita de ese pasado de gloria, una cosa en lugar de otra -la vida y la literatura se sostienen en esos trueques- y la metáfora se hace presente donde estuvo el hecho que evoca. Un amor -de una mujer- recuerda ahora a otro amor “igual” -por un equipo de fútbol- y ambos se enlazan en una misma estirpe de la felicidad.
La idea de un partido de fútbol como una vieja historia de amor, un objeto de culto y la causa de una curiosidad que nunca se satisface, como una fuente de virtud de la que brota -en un instante de recuerdo- la totalidad de infancia, es una idea que le hace justicia a las emociones privadas del fútbol, pero mucho más a una literatura que por prejuicio o pudor argentinos nunca escribió nadie: La yugoslava es una novela nueva.
Del 22 de octubre de 1968, día del regreso a Ezeiza de los héroes casi olímpicos, el narrador dice, en el presente de la evocación: “¿Cómo me acuerdo de aquella jornada? No sé si con la memoria. La recuerdo con lo que he venido viviendo desde entonces (...)”. La novela de López Brusa ya está hecha, la escritura ha ido encontrado su espacio imaginario y sus formas, las formas que el narrador no encontró mientras pensó en ellas pero que igual quedan dichas como si, en realidad, no pertenecieran a la literatura sino a algo mejor: a una atmósfera de felicidad indestructible que está en el aire.

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