Monday, February 06, 2006

La aventura de los bustos de Eva, de Carlos Gamerro (Norma)

Salvando las distancias morales que pudiera haber entre la tragedia y la comedia, fue Primo Levi quien señaló la compatibilidad narrativa que hermana desgracia y aventura. Las experiencias del viaje y el regreso como fuente de formas literarias es el recurso homérico que se asienta en la necesidad humana de vivir y contar (contar es una prueba de vida artística). En sintonía simpática con esa línea, el narrador que utiliza Carlos Gamerro en La aventura de los bustos de Eva está encima del tiempo recobrado por el recuerdo de Ernesto Marroné, empleado servil de una empresa constructora que debe dar respuesta épica a un imposible: conseguir -de la nada- noventa y dos bustos de Eva Duarte para rescatar con vida a su jefe, quien aceptó sus servicios a cambio de someterlo antes a la humillación de un tacto rectal que tuvo la densa carga dramática de un fist-fucking.
En un abrir y cerrar de ojos, ese instante imperceptible en el que el aventurero es arrojado “sin conciencia” a un porvenir inmediato de sorpresas, Marroné entra a un universo de situaciones de las que sale con actos espontáneos de principiante. Así como las aventuras funcionan como tabla rasa de una nueva identidad, también lo hacen como un efectivo proceso de amnesia: la aventura borra el pasado del aventurero. Lo que cuenta La aventura de los bustos de Eva es la historia de ese proceso de conversión. Carlos Gamerro le da a su héroe un espesor que no podría haberle dado su rutina; lo saca del escenario cotidiano -un deseo que todo hastiado de hábitos quisiera cumplir- y lo embarca en un mar de inercia. Estratega del camouflage y el bolo absolutorio, pero también de la asimilación y el sacrificio misionero, Ernesto Marroné atraviesa una selva de peligros para volver a cero como “otro”. Como en todo retorno, la suerte del héroe es paradójica; el fracaso y el éxito se funden en una materia informe de resolución teatral y, al cabo de su odisea argentina, se encuentra con que ha cambiado sus fines conservando los medios.
La aventura de los bustos de Eva es una historia política rociada de un carácter épico, un rasgo clásico deformado por una picaresca rioplatense de vanguardia y la lógica del fracaso como éxito moral: la lógica de El Quijote, texto reinterpretado en la novela por los oráculos del management, cuyas fórmulas adora Marroné con el apego de un lector bovarista. Pero ese relato de iniciación individual se da en un marco histórico que Gamerro presenta en primer plano. Ernesto Marroné es un montonero por error, alineado en ese extraño milagro cronológico que impulsa las proezas de los héroes accidentales. En el fondo, así también funciona el determinismo histórico: los héroes son héroes porque “están ahí”. La aventura de los bustos de Eva muestra el caso individual dentro del cuerpo colegiado: esa es la experiencia de Marroné. Allí, el camino personal a la Meca ideológica se muestra transparente y produce el efecto de una desilusión: ¿pero no era que los “cuadros” estaban “formados”?, ¿no eran “todos” intelectuales? Luego de los largos años en que fueron demonizados como sabios del mal, los montoneros de Gamerro muestran la hilacha: están hechos de más de una pieza, y no todas son nobles.
Con el antecedente inmediato de la comedias políticas de Daniel Guebel, La aventura de los bustos de Eva, tiene una prosa inteligente que funciona muy bien en todas las zonas de la lengua que utiliza, avanza a una velocidad crucero inalterable (como si en la velocidad regular se alojara el secreto de la atracción literaria) y deja a su paso una estela de humor argentino que es, al mismo tiempo, identidad y máscara.

0 Comments:

Post a Comment

<< Home