Monday, February 06, 2006

Flores, de Mario Belattin (Anagrama)

Consagrado como una de las apariciones más atractivas de la nueva narrativa mexicana, Mario Bellatin es un caso extremo de estética personal, aislado de esos pobres conjuntos en los que se elabora literatura de época o de género. Apartadas de cualquier afecto -sobre todo del afecto “latinoamericano”, ese susurro dulzón que pretende sostener una literatura del bien-, sus historias son máquinas insensibles, fragmentos helados de sucesos insignificantes sometidos al montaje de la pesadilla.
El universo narrativo de Bellatin es el de la disfunción y la soledad, y ese marco produce el efecto de una ciudad subterránea o reprimida, habitada por humanos que sufren alteraciones mentales o físicas, encerrados en espacios reducidos de los que no pueden escapar como si la identidad que les ha tocado funcionara como una cámara de prisión imaginaria. Pero esos trastornos del cuerpo, esas anomalías del carácter, esos casos de vergüenza e incomprensión social no parecen obedecer a las reglas de un mundo fantástico sino más bien -y esa es la monstruosidad que construye el estilo de Bellatin- a ciertas cosas raras que ocurren en el mundo ordinario.
La foto de Andrés Serrano -el famosos fotógrafo de morgue- que ilustra la tapa de Flores, la última novela de Bellatin, explica un poco esa idea. Es la imagen de un sadomasoquista que, coronando su uniforme de cueros y metales, como si fuera el detalle más alto de un yelmo (el sadomasoquista siempre está en guerra), luce un ramo de rosas que introduce la incertidumbre. ¿Las rosas son naturales o artificiales?, ¿un sadomasoquista es alguien “natural” o “artificial”? Los personajes de Flores forman una galería de perversiones, pero la perversión no es aquí una enfermedad sino un diseño novedoso e irrepetible de conducta humana, una forma anatómica e intelectual única que no desea ingresar a ninguna comunidad de bienhechores.
Flores está hecha de treinta y cinco capítulos en los que se narran diversas historias que guardan relación con una especie diferentes de flores. Las asociaciones van y vienen, las historias se relacionan y se desconectan; todo está sometido a la fragilidad y a la fatalidad del azar. Un médico investiga malformaciones genéticas, un escritor escribe sobre personajes para los que su sexualidad es su religión, un hombre extraño sólo se acuesta con ancianos, un matrimonio se hunde en el filicidio; y todos terminan habitando un mundo que no está hecho de espacio común sino de una red solidaria que los sostiene como un catálogo de freaks.
Hay una certeza y una vaguedad simultáneas en los textos de Bellatin: “sabemos” que las historias que se narran en Flores (como las de Perros héroes y Salón de belleza, y posiblemente otras) suceden, sucedieron o sucederán en algún lugar. Son historias inhallables, impublicables e impresentables que ocurren en espacios cerrados (el espacio de la perversión) y que hasta Mario Bellatin no parecían tener su literatura. Pero Bellatin no es Sade; sus historias no comienzan y terminan en el cuerpo: vienen de más atrás y van más allá de él, y es posible ver a sus personajes como exiliados involuntarios de una sociedad a la que no logran adecuarse.
En la escritura de Flores no hay lugar para el placer ni el humor. Sí lo hay, y en abundancia, para el dolor que encuentra en sus oraciones breves y en su tono gélido un vehículo que lo represente. Ese estilo tan marcado en Bellatin lo aleja a su vez de todo lo conocido como lengua local o regional; incluso no parece español siquiera, sino una lengua mucho más abstracta. No hay rastros de un acento mexicano, ni peruano -su acento materno- ni latinoamericano. La novedad consiste en reducir casi todas las expresiones clásicas de la literatura. Su lengua ya no “siente”, y ese estado dramático es casi nada al lado de otra fatalidad: lo importante de una historia no puede ser dicho nunca dentro de una novela.

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