Monday, February 06, 2006

El mago, de César Aira (Mondadori)

Acostumbrados a flotar en un mar imaginario de admiración, perplejidad, indiferencia militante y temeroso desprecio, los libros de César Aira pasan. Hay algo en ellos que los hace sustraerse sin remedio de la lista ordenada en que se hallan, como si fueran una colección de momentos más que de libros -esos cuerpos que vulgarizan el arte haciéndolo posible-, los que irán perdiéndose en el tiempo, limando la jaula de la mnemotécnia y manteniendo el movimiento continuo del prófugo que no puede detenerse por temor a lo peor: ser identificado como una sola cosa.
Una idea tremenda para los escritores podría asociarse a su obra: la de que la literatura, como los sucesos y los sueños, tampoco puede ser conservada. Su presencia fugaz permanece en el instante de lectura para luego desaparecer como si nunca hubiera existido. Es la idea del fracaso del remedo, la que insta a su literatura a convertirse en otra cosa, tal vez en una proliferación de posibilidades que, sean narrativas o existenciales -sean prácticas o filosóficas-, cesan a su manera: se acumulan y se olvidan.
César Aira podría haber creado un mundo concentrado y detallista -un realismo que se desprende de cierto mundo real-, en virtud de su admiración por Marcel Proust. Pero al margen de que su literatura exige también un tiempo biológico de lectura tan prolongado como el de una vida breve, su mundo es disperso y frágil; es un universo ambulatorio, de transiciones entre formas que nunca se definen, como si del cuerpo de lo que llamamos literatura, incluso de aquello que llamamos lenguaje, hubiera surgido una gran sombra que lo sigue, respondiéndole a la anatomía que la inspira con un repertorio interminable de versiones monstruosas.
Aira altera las proporciones clásicas de la literatura, su ascendencia inteligible, su yacimiento conservador, y hace volar por el aire la palabrita del bendito concilio de las letras: el canon -ya da vergüenza escribirla-, ese acuerdo fetichizado que es la lista de precios máximos de la literatura argentina. Por su volumen, su vastedad y sus arreglos disonantes, la obra de Aira no termina de encajar en ninguna de las series que se le tienden como trampa para que, aún a medias, forme parte de alguna sociedad o compañía..
En ese orden encantado de sucesos airanos, El mago es una novela típica -única- de su autor en la que Hans Chans, un argentino de gira en Panamá, donde espera su consagración en un congreso de ilusionistas, decide poner a prueba sus poderes mágicos, inéditos y siempre deseados entre sus pares. Panamá, la ciudad capital de Panamá -un espacio al cuadrado: los relatos de Aira van de la mínima a la enésima potencia-, el país del Canal que une o separa apariencias similares, es el paisaje donde las condiciones están dadas para que el mago de cuenta de su carácter fenomenal. ¿Qué puede hacer? No tiene idea. Le sobran condiciones pero le falta decisión, y en ese hueco donde irrumpe el infierno de todas las posibilidades, el atormentado Hans Chans filosofa, no desea.
Un peine de carey, un cepillo de dientes, un jabón de tocador, una máquina de afeitar, un frasco de shampoo, bailan en el aire de una habitación de hotel y discuten en un tono de miembros de buró que el narrador asocia con “una pequeña Unión Soviética” a la que no la mueve la geopolítica sino una coreografía que podría ser la de una publicidad animada. También hablan acerca de la dificultad de editar unos poemas. Es el momento en el que, como en todas las novelas de Aira, el lector se pregunta “¿qué es esto?”. Es la salida del realismo -de la realidad de esa experiencia que se llama lectura- hacia una excursión por el reino inquieto del sentido, hacia el universo del encanto. Nadie se pregunta ¿qué nos quiere hacer creer?, porque no hay en juego ninguna fe de verosimilitud, sino un encuentro con la realidad de la literatura, aquello que construye su verdad vergonzante y su poder: su facultad de hacer cualquier cosa y cumplir su propio sueño de ser ella misma una realidad propia.
El mago genio sin ideas se enfrenta por azar a un grupo de imprenteros en la trastienda del festín de ilusionistas, preocupados por la técnica al no haberles tocado en suerte el don, en el que ni siquiera reparan como tema. En el transcurso de una charla incidental sobre la desorganización del congreso -nadie tiene el programa de actividades: Chans ha mandado al espacio a quien poseía el original del que dependía la impresión, la repetición, y la divulgación de un acuerdo sobre los sucesos-, descubren que el mago argentino puede escribir infinidad de libros con solo pensarlo y pronunciar luego la palabra “abracadabra”. El mago les dice que no sabe escribir, y ellos le contestan que escribir un libro es como escribir una frase: “¿Sabe escribir una frase? Escriba muchas y es un libro. Cualquiera puede”. Si la gente no escribe -le dicen- es por una superstición: creen que hay que hacerlo bien. La conversación continúa con los accidentes ordinarios que surgen del encuentro de diferentes, hasta que Chans formula la pregunta del tránsito hacia su especialización: “¿De qué plata estamos hablando, para los anticipos?”.
Ahora es la magia la que encuentra su salida realista y su materialización. La genialidad de Hans Chans ha encontrado la manera de pasar desapercibida, y Aira ha rozado con su literatura -una vez más- una zona autobiográfica que, entendida como tal, podría llamar a engaño. Sus cincuenta libros, sus miles de páginas, sus personajes con sus identidades siempre en veremos, sus apariciones editoriales, su presencia aquí y allá, sus notas en diarios extranjeros, los rumores que despierta, parecen agitarse directamente detrás de su figura. Sin embargo, el interés de Chans por los libros surge de manera accidental, es sólo una de las posibilidades que se le presentan. Podría haberse cruzado con un marchand, un agente de bolsa, un presidente. En el fondo, ha regresado la misma historia: la del genio que no sabe qué hacer y por obra de la casualidad, más que del deseo, encuentra una forma que bien podría haber sido otra.
Pero habría que pensar también que para Aira sólo la literatura -y no el arte en general- podría cumplir todos los sueños, introduciendo cada uno de ellos en un libro diferente hasta que no quede sueño por cumplir, ni mundo por imaginar. Algo muy distinto de lo que sucede con otra de las poderosas máquinas narrativas asociadas a un nombre propio, Georges Simenon, que parecen remitir a un mismo mundo, a lo sumo dos (con Maigret, sin Maigret). Las novelas de Aira, unidades devoradas por la obra, se van sumando del modo en que los instantes que se van viviendo se suman al pasado; y en esa lluvia tímida que cae sobre un magma -El mago que cae sobre sus predecesoras- se forma la materia disolvente de una literatura que funciona como una vida ya pasada, y que se recuerda menos por un inventario inolvidable de relatos que por la sabiduría que ha dejado la experiencia de vivirla.

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